Crónicas de 107 Faunos en la república de la boca
Salir del cuadrado.
Tocan el timbre de casa. Es el Natzi que llega con un redoblante y un pedal de bombo. “No me digas que hay que llevar esto” le recrimino. Asiente con la mirada y me dice que se hace tarde, que vayamos por unos comestibles y refrescos para el camino a la Boca. Resignado muevo la cabeza pensado en la desorganización que reina asiduamente en los 107 debido al número de sus integrantes, a esporádicos colaboradores, ayudantes y demás sujetos.
Pasamos por la despensa del Dani, compramos dos emparedados y una cerveza negra. Camino a la Terminal fuimos mordiendo los de paleta y queso. Al llegar tuvimos suerte porque la Costera vía camino Centenario salía en cinco minutos. Nos sentamos en los primeros asientos para ver el panorama. Antes de sacarnos los abrigos el Natzi ya había abierto la Quilmes, “la birra negra pega más que la rubia; estaría bueno llegar colocados” me dice con una sonrisa plena en su cara de italiano.
Cuando estamos por llegar a la guarnición del Ejercito de City Bell, Natzi observa por la ventanilla haciendo un paneo general y me dice “mirá, son los basurales de José León Suarez”. Acato la orden y le presto atención a ese desolado campo cubierto por la bruma que sale de los canales arteriales del Río de La Plata.
El colectivo sigue su marcha mientas por momentos hablamos sobre boludeces y algunas utopías para matar el tiempo. De vez en cuando está bueno hacer el recorrido por el Centenario aunque sea más lento que por autopista.
Llegamos a la Rotonda de Alpargatas y subimos para meternos en tramo final del viaje. Miro al Natzi y le pregunto si sabe donde nos tenemos que bajar. Su mirada está más perdida que él y no se si es porque la negra le hizo efecto o si verdaderamente no tiene ni idea a donde vamos. La última opción que nos queda es preguntarle al conductor para que nos oriente. Si estuviéramos a bordo de un TALP, antes de que el chofer nos conteste como si fuésemos excremento, seguro nos bajaríamos en cualquier sitio.
Por las ventanas se divisa el humo de las chimeneas de la refinería de Dock Sud que empaña la oscuridad de la noche y degrada las cajas toráxicas de los vecinos. El coche frena en el peaje y me quedo observando los monoblocs del Docke preguntándome qué será de la vida del Negro Pablo y su pandilla.
Seguimos la marcha, cruzamos el riachuelo y salimos de la autopista, nos acercamos al chofer y le pregunto con buenos modales si nos baja en Paseo Colón y Juan de Garay. Con la vista puesta en el asfalto el conductor regordete nos dice que estamos a cuatro cuadras.
Bienvenidos a la República de la Boca.
La avenida desierta nos hace estar atentos. Tomamos el camino a la cancha del Xeneize. Frente al parque Lezama hay un zaguán que siempre me aterroriza. La puerta está constantemente llena de personas que toman vino en caja y piden monedas para una y otra ración más. Sin levantar la vista pasamos por el costado de ese tumulto humano que gracias a Cristo nos ignora.
Seguimos por Paseo Colón hasta la intersección con la avenida Almirante Brown y me pregunté en voz alta porqué carajo sacaron el mítico cartel que decía “Bienvenidos a la república de la Boca”, y como si le hubiese preguntado, el Natzi mostrando los dientes me contestó que lo volaron porque los bosteros son todos putos. Anda a cagar y ganá una copa repliqué.
Silencio por dos cuadras. Cuando llegamos a ese sitio estaban todos en la puerta, músicos y público, parecía algo raro que nadie entrara. Los 107 tocan en segundo orden nos comenta Pablito uno de los tecladistas; también agrega que hay un diminuto regalo traído supuestamente de Holanda para compartir entre cuatro. Que te voy a cobrar le digo mientras mis ojos se llenan de esperanza y el Natzi frota sus manos en postura de rezo.
Por un rato nos quedamos en la esquina tomando cerveza y llenando el alma de humo a modo de previa al aire libre. Siguiendo el olor se acerca Romina, una tununta del barrio, que nos pide una seca. Aunque se la ve muy frágil, ya que no pesa más de cuarenta kilos, suponemos que por su apariencia debe tener más huevos que todos nosotros juntos. Circunspecta espera su turno. Cuando le llega cala y echa la cabeza hacia atrás como si estuviese tragando líquido para frenos. Agradece y antes de irse nos dice que no bardiemos y que lo único que quiere es fumar paco.
De la nada aparece Pucho, el baterista faunil, y nos dice serio al Natzi y a mi que nos hagamos cargo de la bolsa verde (bolso que contiene tres huevitos amarillos, dos cencerros, una campanita, un silbato de referí, una pandereta, una maraca color mate y varios palillos tullidos) y que en un rato tocamos.
Pequeña Honduras.
Entramos a Blues Special, un verdadero recinto. La cabina de sonido al lado de la puerta se protege con rejas, enfrente la barra custodiada por tres chabones cincuentagenarios, todos con las camisas desprendidas hasta el pecho. Al costado un pool con el tapizado camuflado por oscuras manchas de bebidas. En el fondo el escenario deteriorado por el paso del tiempo y arriba de este, a modo decorativo, un póster con la foto de un músico que si no fuera porque sostiene una guitarra, sería catalogado como un miembro del Cartel de Cali. Ni hablar de los diminutos baños, plagados de un olor mas penetrante que los de de Plaza Constitución.
Pablito nos lleva al camarín que también funciona como depósito. Una silla, una mesa y el resto, cajones con envases de cerveza. Capacidad máxima cinco o seis personas apretadas como subte en horario pico. Ya somos parte del regalo que hay que detonar con cerveza. Debe salir barata comenta el Natzi ignorando por completo el monto. Vamos a la barra y pedimos una. Palermo o Quilmas doce pesos, nos contesta quien parece tener talco en la cabeza. Optamos por la primera y nos contentamos porque no nos cabra los vasos de plástico.
Salimos un rato a tomar aire. Volvemos al mismo lugar donde nos encontramos con Romina que ya no está. Se habrá perdido en la pasta base. Alguien comenta que arrancó la primera banda. Se arma un revuelo en la esquina cuando empiezan a golpearse dos representantes de sellos discográficos. Vuelve a aparecer nuestra amiga más volada que el Salmón en Plaza de Mayo cuando se cumplía un nuevo aniversario del golpe militar. Otra vez pide que no hagan quilombo y que lo único que quiere es fumar paco, más paco. Hacen caso al primer petitorio, como si fuese la dueña de la cuadra, y todo vuelve a la normalidad. Por el segundo, nadie se hace cargo.
Mercachifles y algo más.
Es la hora del rock y de la verdad. Del camarín al escenario uno atrás de otro como del túnel a la cancha. Nos paramos con dos adelante, Gato y Peto (voces y guitarras), tres en el medio, Carito, Morita y Pablito (bajo y teclados), otros tres abajo, el Natzi, Paitan y yo (percusiones) y uno en la base del fondo, Pucho (batería). Arrancan los primeros acordes de Helicópteros, canción que siempre da comienzo al show. De adentro se escucha todo bastante bien, de afuera parece estar mejor porque la gente canta, anima con palmas y baila.
Pasa la incertidumbre del primer tema ya que muy pocas veces se sabe cómo es el sonido global que sale por las cajas y Pucho nos cabecea aprobando nuestra labor. Gato saluda y demuestra estar contento por la invitación a la fecha de Guerra de almohadas mientras los del fondo aprovechamos para tomar unos tragos de cerveza. Continúa la puesta en escena mientras la banda a medida que se afianza se divierte. Carito acompaña las notas con leves movimientos de cintura, Gato y Peto cantan con sus pechos llenos de sentimiento, Morita presiona las teclas mientras constantemente su pie derecho sube y choca contra el piso, Pablito, rígido pero sonriente, colchonea las melodías con el teclado y mete voces temporales. Se plasman algunos hits como “Pequeña honduras”, “Días dorados” y “Calamar gigante Nº 8”. De la nada casi todo el público, como si estuviese en un casamiento o un cumpleaños de 15, tiene entre sus manos maracas, bananas, zanahorias sonajeras y matracas, esto es una fiesta en donde sólo falta el cotillón.
Antes de terminar el repertorio suben al escenario casi una decena de músicos amigos. Los que no tuvieron la suerte de pescar chirimbolos de plástico revuelven en la bolsa verde para hacerse de alguna percusión. Todo estalla con “John Hery”, “El Elmo” y “Muchacho lobo”. Los tres micrófonos están rodeados de sujetos que cantan con una algarabía insostenible a la vez que el público salta, baila y corea las letras. Y así finaliza un concierto sumamente divertido y emocionante.
Más tarde estamos de espectadores de Guerra de almohadas apoyados sobre el pool y aparece un chabón con aires de amistad que nos convida con “Fernandino”. Después, el muy rapaz, en un flash va al camarín y sin que nadie preste atención a su operar agarra la Fender Moustang de Gato y sale del lugar. A los 5 minutos, nos percatamos del hecho cuando seguro el hampón estaría cruzando el Parque Lezama pensando a quién colocarle la guitarra.
Vuelve la locura al lugar en el momento en que todos se avalanchan contra la barra exigiendo a los dueños la aparición del instrumento. El caos reina en Blues Special, los tres chabones de camisas desprendidas definitivamente no se hacen cargo de la gente que entró. Gato sobre la barra igual que el Diego cuando lo sujetaba Dalma para que no se cayera de los palcos de la cancha de Boca, le dice al canoso reiteradas veces “¡sos un mercachifles!”. El felino indómito se va a la calle y de un codazo rompe el ventanal de la cabina de sonido. Otra vez gritos y tumulto. Y pensar que Romina pidió que no hagan quilombo….
Salimos y nos quedamos casi todos en la puerta hasta que cae la policía Federal y como si no hubiese pasado nada, nos vamos a una fiesta intrascendente en San Telmo.
Marcos Abelleira
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