I Wanna be your dog
1969. Fecha clave para los oídos cansados de tanta coloración psicodélica. Aparece en las bateas el primer disco de The Stooges, pura rabia traducida en guitarras crudísimas. Cuarenta años después, algunas personas le han hecho caso al buenazo de Iggy y a los hermanos Asheton; a su manera, en La Plata, Doma atropella al público a diestra y siniestra cantando a los cuatro vientos “ahora vienen a hablar de mí”.
Vienen a hablar de El Perrodiablo. Un animal que es una cruza de ovejero sucio y diablo ardiente. Una nueva raza asoma y algunos hacen bien en tener miedo.
En una noche sin pedir permiso
Capítulo uno: El Perrodiablo nace de las cenizas de Psicovendetta, una de las bandas pioneras en esto de hacer hip hop –Killer hop, en verdad- en la ciudad masónica. Allí se había gestado, en cierta manera, la semilla de lo que luego sería esta banda de incomprendidos.
Doma y Chaume -voz y guitarras, respectivamente- son la misma base que se repite en El Perrodiablo. Uno se encarga de comerse a los que lo ven desde el piso y el otro maneja las coordenadas de ese ritmo nervioso. Todo desde la nueva senda rockera. Pero aún hay más: desde el fondo, Alfonso parece que estuviera a punto de tirar un edificio de tanto darle a los parches. Y Nico y Lea se mantienen expectantes, porque saben que en cualquier momento les llega su turno.
Muchas de las cosas que comparten los Perrodiablo bien podrían ser sacadas de “Los tres mosqueteros”, de Alejandro Dumas. Son todos para uno y uno para todos, acá no hay divismos ni tampoco estrellatos. Van por su segundo disco y acá si vale la pena mencionar que usan la camiseta de independiente más que el mismísimo Bochini. Nada de sellos, ni de amistades peligrosas. A Dumas, en todo caso, le faltó un mosquetero más.
Algo rebelde, contagioso, decidido
Basta leer un poco los títulos de los temas para ver de qué va este animal: “Invasión infinita”, “Todos los no”, “El Bardo”, “Malas preguntas”, “Ahora o no”. Lo de El Perrodiablo va más allá de una banda más de rock. No es sencillo en ninguno de los dos lugares; Doma tambaleándose en la mesa del bar y el tipo de enfrente sentado que mira temeroso.
Es una apuesta fuerte, se entiende. Y hasta ahora les sale bien. Son amados en Córdoba, tocaron varias veces en capital y en el Suplemento No de Página 12 los eligieron como una de las bandas revelación. Y como todo grupo platense hoy en día, tienen ese plus de venir de la ciudad de Dardo Rocha –ciudad moda, para la prensa porteña-.
Pero sigue quedando hilo en el carretel. En El Perrodiablo no hay figurines acartonados ni estatismo de chicos bien alla Belle and Sebastian. Hay furia, descontrol, agresividad sana. Es que para los que mantienen en pie este nuevo animal mitológico la cuestión no pasa por lo que se diga o no, sino por cómo se dice. En una palabra, hacía falta una banda en La Plata que, por lo menos, te falte un poco el respeto.
Y ahí, con el pecho hecho aguas, repite de nuevo “ahora vienen a hablar de mi”. Que quede claro.
Augusto Dallachiesa
|